SOBRE ANCESTOS Y KARMAS: MORENA Y YO

Por Mauro Baptista Vedia.

“Morena, siempre Morena”, Heber Pinto, relator de radio.

Este es un artículo sobre fútbol. Y no lo es. Este es un artículo sobre un Dios. Y no lo es. Es sobre fútbol. Pero tampoco lo es. Hace algunos años, no mucho, resolví investigar mis antepasados de la rama paterna. Profundizar en mi árbol genealógico, saber más de mis bisabuelos, descubrir quienes fueron mis tatarabuelos e ir todavía más a fondo. Como sabría yo que descubriría también una foto, oculta durante décadas, que cambiaría la forma como veo mi relación con el mayor ídolo de mi niñez y adolescencia, Fernando Morena, y el club atlético Peñarol. Me permita el lector, que antes de referirme al incontestablemente mayor ídolo de la historia del fútbol uruguayo, al Nando, me detenga un poco y relate, brevemente, el viaje a las historias de mis ancestros que me permitió llegar al descubrimiento de una simple foto, que es un disparador de recuerdos de otros tiempos, de añoranzas de la emigración uruguaya de los años setenta, de la importancia afectiva y  simbólica que tiene el fútbol para definir la comunidad espiritual que es o que debe ser el Uruguay. Le pido al lector un poco de paciencia y que siga mi relato de un viaje personal, antes que aborde aquello que el título de este ensayo anuncia, lo que significó para un niño y adolescente, hoy ya un adulto, el jugador y goleador Fernando Morena, el Nando.

Investigar sobre mis antepasados me llevó a leer sobre historia de Uruguay y Argentina, a profundizar el conocimiento de mi árbol genealógico, a estudiar el tarot, a buscar en las religiones orientales y afro brasileñas su relación con los ancestros y los muertos, a leer sobre  meta genealogía y psicología transgeneracional, a considerar la genealogía clásica. Esa investigación de documentos, cartas, de fotos del siglo XIX, de memorias orales de familia (en las que encarné a veces un Philiph Marlowe sin sombrero, ni cigarros y sin el charme Bogart), me condujo a informarme sobre batallas y guerras de Uruguay, Argentina y Brasil, a entrar en innúmeros sitios de internet de herencias, de árboles y de tumbas. Llamé, escribí, entrevisté gente. Descubrí familiares que no conocía, bisabuelos, tatarabuelos, madres e hijos, tíos y sobrinos, nombres y apellidos, secretos, pequeños y grandes mitos, tragedias familiares. Profundicé en una rama de mis antepasados muy vinculada a la historia de nuestro país, en general vinculados al partido colorado del Uruguay y a los unitarios en Argentina.  Descubrí por ejemplo la muerte trágica y heroica de un antepasado directo, Joaquín Felipe Olalla de Vedia y Pérez, en la batalla de Arroyo Grande, a los treinta y cinco años, dejando una esposa y siete hijos. Existen varios relatos sobre esta muerte, un documento escrito y publicado por Bartolomé Mitre en 1843, un “comento” de 17 páginas, inédito hasta el día de hoy de su padre el coronel Nicolas de Vedia del mismo año, una página en Montevideo o La Nueva Troya de Alejandro Dumas ; hay narrativas diversas que pueden dar lugar a una historia contada desde varios puntos de vista, como hizo Kurosawa en  Rashomon. Este cuento o relato de mi autoría sobre Joaquín, el padre de mi tatarabuela Enriqueta, el hermano mayor de Delfina de Vedia, se llamaría, posiblemente, “El hombre que mató a Joaquin Felipe”, en homenaje a la película de John Ford, o mejor, “Biografia de Joaquin Felipe de Vedia”, parafraseando el cuento de Borges Biografia de Tadeo Isidoro Cruz.

Hubo en este viaje particular a las profundidades del  árbol genealógico, a las vidas y muertes de mi familia, el encuentro con lo épico y lo heroico, el embate con la historia de los pueblos y de las naciones, la descubierta de muertes tempranas de ancestros directos en batallas o por  enfermedades como el cólera, la lectura de cartas que revelan de lazos de fraternidad y amor entre las familias, el confrontarse con la tarea cotidiana de las mujeres de aquellos tiempos de cuidar de los muertos, de los heridos y de los hijos huérfanos de padres, en condiciones materiales precarias. Existieron hallazgos fascinantes, como la permanencia de rasgos de personalidad que prosiguen de generación en generación, de nombres que se repiten consciente o inconscientemente en el árbol genealógico, y otras cosas que nos hacen reflexionar sobre todo lo que perdió Occidente al descartar el legado de las religiones, de la tradición, del culto de los antepasados, en pro de la racionalidad y de la ciencia.

“Un fabricante de goles, ese potrillo que alza los brazos al cielo, y un estadio repleto, aplaudiendo y vivando el nombre del ariete”, Heber Pinto.

¿Como entonces encarar el hallazgo de una foto, desconocida por quien escribe estas líneas durante 35 años, que cambia radicalmente un recuerdo importante de la infancia? Me refiero a una foto que muestra un niño con un cuadro de futbol en un estadio de fútbol de pequeño porte. No puedo aquí hablar de ninguna batalla épica, de ninguna empresa quijotesca que atravesó mares y recorrió continentes, de ningún episodio histórico como los del general Nicolas de Vedia en los eventos de Mayo de 1810, en Buenos Aires. Esto es algo mucho más banal, algo sin heridas ni sangre, sin muertos ni heridos, sin héroes ni cobardes. El niño de la foto soy yo. El cuadro es el primer equipo del Club Atlético Peñarol de mediados de la década de 70. En el medio del equipo, esta su ariete, el gran goleador y jugador, Fernando Morena, en el auge de su carrera. El lugar es Tarrasa, Cataluña. La foto la sacó  Jorge Fernández, amigo de mis padres, actualmente viviendo en Madrid. En la foto todo el equipo titular y yo, Mauro, a los 11 años edad; en la mano tengo una camiseta de Peñarol gastada. Y lo más importante, en la foto yo  miro para adelante, para el lente de la cámara, mientras que los jugadores de Peñarol no saben si miran a un fotógrafo oficial, o los dos intrusos, a Jorge, y a mi padre, a su lado. Esta foto la descubrí hace pocos meses en la casa de mi tío, entre documentos de la batalla de Monte Caseros de mi tatarabuelo Felipe Baptista y de escarapelas de Aparicio Saravia de mi bisabuelo Pereira Souza. En la foto, atrás, está escrito, con la letra de mi padre, Ariel, nombre de mi abuelo, hincha fanático de Peñarol. Deduzco que mi padre, también Ariel, se la mandó a mi abuelo, para que tuviera orgullo de su nieto. Al lado de la foto, un carnet de socio de Peñarol de los años cuarenta del tata Ariel.

30 de Agosto de 1975

Durante décadas yo pensé que había apenas una foto de ese instante glorioso de mi banal existencia. Una foto con el equipo de aquel Peñarol de Hugo Bagnulo, donde estoy entre el “bombón” Mario González y el profesor Palese. Cuando Jorge estaba sacando la foto, oí un ruido fuerte en la tribuna de atrás y di vuelta la cabeza. Hasta hoy escucho las frases de mi padre “guacho, te das vuelta justo cuando sacan la foto. No salió tu cara. Que boludo. La puta madre que la pario, hahahahah”. Posiblemente mi padre nunca pronunció esas palabras, pero hasta hoy las oigo. Mi consuelo siempre fue que el Nando (Fernando Morena), y el Mauro de aquel entonces, miraban para el mismo lado. Treinta y cinco años después descubro que yo no miré solamente para atrás, sino que también miré para adelante. Ufa. ¿Y las horas de sicoanálisis, donde fueron a parar? Este artículo es sobre las miradas que confluyen a un mismo lugar, la del niño y su ídolo, la del pequeño emigrante uruguayo y su héroe, Fernando Morena, el que encabezaba un glorioso Peñarol que, en giras por tierras españolas, le ganó al Barcelona de Johan Cruyff, derrotó al Borussia Monchengladbach, triunfó sobre los principales equipos europeos de fútbol de la época. Ese legendario Peñarol dirigido por Hugo Bagnulo que no llegó a una final de la Libertadores por milagro, por enfrentar al Independiente de Bochini y de  Julio Grondona; ese Peñarol que le ganó por la Libertadores 3 a 0 al Huracán de Houseman, Babington y Brindisi, en Buenos Aires, con tres goles de Morena.

30 de agosto de 1975

Este es un artículo que postergo hace años, que lucho por escribir, que no sé si voy a publicar, que no sé si voy a terminar. Que talvez no debería haber escrito.  Porque… como escribir sobre los sentimientos de niño y de adolescente que seguimos llevando en nosotros, sin caer en la cursilería y la ridiculez. Como escribir sobre alguien que “fue un Dios”, como me viejo me comentó una vez por teléfono, desde Barcelona, allá por los años 2000.  ¿Y si a “él” no le gusta? Él, aclaro, es, los lectores ya lo sabrán, es el “Nando”. Morena. Fernando Morena. Fernando Morena Belora.

“¿Que puedo decir yo, sobre alguien sobre el cual se ha dicho tanto?”. Es otra pregunta que me hacía. Yo, que no pasé de jugar al fútbol en La estacada, o en aquella cancha improvisada en bajada hacia la rambla, cuando lo más cercano a la gloria futbolística era saludar desde el auto, y en grupo, para contrarrestar la timidez, al bombón Mario González, lateral derecho de Peñarol en los años setenta, que recién retirado a comienzos de los años ochenta, cuidada alguna instalación universitaria. Alguien como yo, cuya mayor gloria futbolística de adulto fue un partido en cancha grande en la rambla, entre dos equipos universitarios informales, en el cual, yo mínimamente entrenado, hice un par de buenos goles: una media vuelta parecida al reciente gol de Bergessio contra el Atlético Nacional en el 4 a 4 y un gol de casi la mitad de la cancha, de esos que hacía Hoghberg en la década de 50, un zapatazo que fue recordado durante unos pocos días en el curso de comunicación de la universidad católica. Guardo el registro de Leonardo Haberkorn, mirándome y diciendo “que gol, que gol”. Si, Leonardo, colega de facultad, el mismo que escribió un libro sobre Víctor Hugo Morales, el mismo que piensa tan diferente sobre esta pandemia como que el que aquí escribe y ha polemizado notoriamente con integrantes o colaboradores de esta revista como Mazzucheli, Andacht, Michel, Bayce, Sarthou, Diaz.

Todo esto, querido lector, para decir que, a pesar de mis notorias faltas de credenciales futbolísticas, me voy a arriesgar a escribir algo sobre Morena. Pretendo aquí volcar algunas imágenes y recuerdos de mi infancia y adolescencia. Imágenes y recuerdos que me acompañan hace décadas. Que pueblan mi consciente, subconsciente y tal vez, el inconsciente. Imágenes que creo, estimado lector, todos cargamos en nosotros; imágenes que hacen que antes de una conferencia, me acuerde de un gol o de una jugada; imágenes que, en el medio de una cena romántica en Sao Paulo,  los ojos se me llenen de lágrimas en un instante, y mi pareja me pregunte, “Em que você está pensando?”, y me vea forzado a mentir, por no poder confesar que, de repente, me acordé del gol del Nando de la final contra el Cobreloa, o de los dos goles en el clásico, en el regreso de España. Imágenes que hacen que un grupo de amigos, del que formaba parte, recorran las costas de California, haciendo el famoso trayecto desde Los Angeles a San Francisco, y que, en lugar de simplemente contemplar el paisaje único, al pasar por Big Sur, uno de los tres comente: “se acuerdan de aquel gol del Nando contra el Sao Paulo?”; o peor aún, días después, al contemplar un atardecer en el Grand Canyon, otro diga; “Que increíble no? Que belleza, da una sensación de completa alegría… me hace acordar cuando sentado en la Amsterdam veía salir al Nando del túnel, en un domingo soleado.” Sé, querido lector, que esto parece una reverenda estupidez y estos tres amigos personas con serios problemas mentales y emocionales.

 

Dos por lo menos no lo son, uno es un brillante ingeniero de informática, otro un empresario de éxito, el tercero, ese sí, puede ser, este que escribe estas líneas. De cualquier forma, es una hipótesis que no me atrevo a refutar totalmente.

Sin embargo, hay en Uruguay, miles, decenas de miles de personas, centenas de miles quizás, en esta condición de amor y pasión incondicional a un ex jugador de fútbol. Gente que vio jugar a Morena. Gente a la cual el Nando le alegró la vida durante algo más de una década, durante algunos de los años más tristes y grises de nuestra historia, años de la dictadura militar. Hablo de afecto. De la historia de amor entre los hinchas de Peñarol y Fernando Morena.

Vamos a las imágenes/recuerdos.

Estadio Centenario. 1971

El primero que tengo es de estar sentado en la tribuna Olímpica, yo debería tener 6, 7 años, viendo un partido de Peñarol. Es un día soleado.  Estoy sentado en aquel cemento frio. Y escucho la famosa señal del placar de la Amsterdam, que nos informaba de los resultados de los otros partidos. Era un pitido. Y mirar al placar y oír la clásica voz que decía “Gol de River. Fernando Morena”.  Un amigo, ex dirigente de Peñarol, me dice que la voz del placar no decía el nombre del jugador. Me pregunto si entonces, alguien, en la tribuna, comentaba Fernando Morena, o eran los relatores de la radio que nombraban a Morena. Sé que mi recuerdo es muy simple. Y que asocia el cambio del placar con el nombre Morena. Esa imagen sonora y visual se debe haber repetido varias veces durante ese año para haber quedado grabada de esa forma en mi memoria. Muchos años después llegué a la conclusión que fue el año de 1971, cuando Artime salió goleador jugando en Nacional y Morena quedó a un gol, jugando en River Plate de puntero izquierdo.

Castelldefels, España

Del “Hermano no te vayas” del spot publicitario del Frente Amplio de la elección de 1971 a la emigración a España tengo pocas imágenes. Para mi, pasaron pocos meses, cuando fue algo más de un año. Una imagen guardo bien, la de estar en el avión de Air France sentado al lado de un brasileño muy piola, carioca, que me invita con el refresco guaraná. En seguida, llegamos a Castelldefels, un balneario a media hora de Barcelona. Mi padre ya está instalado. Vivimos al lado de la playa. Hay dos familias de uruguayos antes de nosotros: Eduardo y Lucy y los Mayans. Después llegarían decenas, centenas, miles de uruguayos y de argentinos; después Messi y Suarez vivirían en Castelldefels. Vivimos en un conjunto de casas apartamento que acostumbran llenarse en el verano, de junio a agosto, un lugar llamado La Raconada, que tiene una piscina, una cancha de básquet y futbol de salón, mesa de ping pong, cancha de petanca y un parque. Fuera de temporada, la mayoría de las casas están vacías y el alquiler es muy barato. Tenemos una vista a una torre de la edad media, parte de un hotel de lujo donde se hospedan los equipos de fútbol de primera que vienen a enfrentar al equipo de fútbol de el Barcelona. En ese hotel, el de la torre medieval, se suicidó el gran actor George Sanders, aquel de All about eve, el que hace de crítico de teatro, me comenta mi padre Ariel. Verifico hoy cuando escribo estas páginas que eso fue exactamente un año antes, el 25 de abril de 1972, y que Sanders tenía 65 años, casi la misma edad de mi padre Ariel (66) cuando falleció.

Un día nos llega un paquete desde Montevideo. Otro uruguayo emigrante nos trae cosas de Uruguay. Así recibimos un disco doble de Neil Diamond, un show en vivo en el greek theater, así conocemos a Les Luthiers y su disco Mastropiero que nunca. Así, abrimos un paquete de mi abuelo Ariel, aurinegro desde los tiempos de Isabelino Gradín, su ídolo, y leemos la famosa entrevista de Ramón Mérica a Fernando Morena que salió en el diario El país.  Si mi abuelo Ariel mandó la entrevista como testimonio del nacimiento de un crack, mis padres, aún muy jóvenes y contra el establishment, la leyeron como prueba de la decadencia cultural del Uruguay.

La raconada, Castelldefels

Pasan algunos meses. Peñarol está de gira por España. Seguimos en el conjunto de casas y apartamentos llamado La Raconada, que está totalmente dominado por la colonia uruguaya, con algunos argentinos “infitrados”. Un día veo subir a un tipo de cara colorada por la escalera y pienso “ese tipo jugaba a las bochas con mi abuelo Angel en Parque del Plata”. Corro a decírselo a mi madre, que no lo puede creer. Era Nelson, era nomás el “cara colorada” que jugaba a las bochas con mi abuelo italiano. Esa tarde juega Peñarol y la televisión española lo pasa en vivo y en directo. Tenemos una televisión chica, blanco y negro, a la cual mi viejo le ajusta las antenas unas diez veces por minuto. Mi padre, Ariel, comenta “el viejo dice que este Morena es un crack, pero yo no lo creo. Es uruguayo. ¿Cuánto hace que Uruguay no tiene buenos atacantes? ¡En Méjico 70 jugamos con Espárrago de nueve! Peñarol tenía a Joya y a Spencer, peruano y ecuatoriano, Nacional a Artime, argentino. Después trajeron a Mamelli, también argentino. Nosotros a aquel yugoslavo, a Quevedo. No tenemos delanteros, somos un deastre. Por favor! ¿Morena, crack? No creo, es uruguayo”. Había en esa crítica futbolística paterna una profunda amargura por un país que la generación de mi padre veía en decadencia total.  Prendemos la televisión. A los pocos minutos, Morena se manda un pique, se saca dos defensores de encima y patea, la pelota pasa apenas por arriba del travesaño. Mi padre lleva la mano a la cabeza, sacude la silla y exclama: “La puta madre!! Este tipo es un fenómeno, guacho! Un fenómeno. El viejo tenía razón. Que lo parió! El viejo tenía razón!”.

La raconada, domingo de noche

Algunos días después. ¿O fueron semanas? No lo sé. Es de noche temprano. Estamos viendo una película. Tocan a la puerta. Mi viejo abre la puerta. Son Nelson y el Coco, ambos de Parque del Plata, vecinos. El coco trae una radio portátil grande apoyada en el hombro. “Flaco, final de la Teresa Herrera, Peñarol ganaba 2 a 0. El Borussia le empató de atrás. Están en el alargue” Mi padre comenta: “uh, en el alargue los alemanes nos van a pasar por arriba, físicamente son una aplanadora”. Los tres rodean la radio, siguen el relato del locutor español. Yo los miro de abajo para arriba, apenas llego a la cintura de mi viejo. De repente, oímos grito del gol… “Gol…. de Peñarol, Fernando Morena”. No puedo describir aquí lo que fueron los gritos. Al otro día la administradora del conjunto preguntó por los gritos y escuchó como respuesta, “disculpe, es que extrañamos mucho nuestro país, era… era… un partido de fútbol.”

Un año después, Peñarol llega cerca de Castelldefels. El equipo de Bagnulo viene a jugar en Tarrasa, a algunos kilómetros de donde estamos. El viaje nos lleva cerca de una hora. Van a ver al equipo aurinegro, todos los uruguayos, entre ellos muchos hinchas de Nacional y algún hincha de cuadro chico. Hacemos una caravana de unos 8 a 10 autos.  ¿O eran 20? Imposible acordarse. Ocho o diez autos eran conocidos, gente amiga. Recuerdo que va Pepé, el médico urólogo, muy amigo nuestro, bolso hasta la médula. Peñarol enfrenta al Vitoria de Setúbal, cuadro portugués. El aurinegro está finalizando la gira, ha jugado cada tres o cuatro días, el cuadro está cansado. Juega lo mínimo como para ganar, con gol de penal. Mi padre y Jorge entran a la cancha, pues están colaborando para una agencia de noticias deportivas sudamericana. Mi viejo me arrastra, a mi, siempre entre tímido y aventurero. Pisamos el pasto verde. Mi padre habla con Palese y el bombón y me coloca al lado del equipo. Fotos. El equipo desarma la pose de la foto y los jugadores se preparan para jugar. Mi viejo, siempre un rostro, se dirige a Morena, en aquellos años apuntado por la prensa española entre los tres mejores delanteros del  mundo.  “Fernando, ¿una foto con mi hijo?”. Morena se da vuelta, la camiseta rayada, los pantalones cortos negros y dice algo como que ya van a empezar el partido, si no puede ser después. Recuerdo hasta hoy esa imagen del Nando, muy joven, dándose vuelta para hablar con nosotros.  Salimos del césped, segundos después empieza el partido. Fin del macht. Vuelta a Castelldefels. Es de noche. Algo tarde. En el auto va Jorge, Pepe, el hincha de Nacional, yo y mi padre que maneja. Jorge comenta que el auto que va adelante nuestro parece ser de uruguayos. “Dame la camiseta, Mauro.” Mi viejo agita la camiseta aurinegra, vieja y gastada, ¡¡¡y grita “Peñarol nomas!!!” Bocinas y gritos responden. Son muchos los autos en caravana. Siempre imaginé que ese viaje de Castelldefels a Tarrasa fuese un viaje por la costa, en dirección al sur, como quien va a Valencia. Solo ahora, al escribir este artículo, veo que en realidad fue un viaje hacia adentro, al interior, en dirección a Andorra. La geografía y el sentido de la orientación nunca fue mi fuerte.

España en mapa

Un fin de año, talvez en 1975, mi madre, mi hermana y yo vamos a Uruguay a visitar a la familia. Voy al estadio a ver un partido de Nacional con River, con un primo segundo que hoy trabaja en Teinfeld. Hay un nueve en River muy bueno, me informa. “Este es el nuevo Morena, el nuevo Morena”. Era Waldemar Victorino. Que juega en River hasta 1979, para después ser transferido a Nacional. Extrañamente, no me acuerdo de ver un partido de Peñarol en aquel viaje. ¿O el partido en vez de ser de Nacional, era de Peñarol? Si no me acuerdo de Morena en aquel partido, no puede haber sido de Peñarol.

A fines del año de 1977, volvemos a Uruguay. Se termina el proyecto familiar de la emigración a Europa. Para la vuelta a los pagos, hay razones familiares, más que escoger una realidad política concreta y un país. Yo, en particular, me siento arrancado de una vida interesante, el ser extranjero en España. Iba a una escuela pública en Sitges, muy buena, que mi madre había logrado conquistar, y por primera vez, entre mis amigos, me sentía casi un español. Cuando llegaba a mi casa en La Raconada cambiaba completamente mi forma de hablar y seguía siendo rioplatense. El regreso a ese Uruguay de la dictadura, gris y reprimido, fue duro, muy pero muy duro para mí. Pero por suerte, estaba el fútbol. Por suerte estaba el Estadio Centenario. Estaba Peñarol. Y sobre todo estaba Morena. Fernando Morena. El Nando. El primer clásico que veo es un uno a uno, a fines de 1977. Morena abre el marcador con el llamado gol “fantasma”, pase de Venancio Ramos, sobre el arco de la Amsterdam. El argentino Mamelli empata de cabeza para Nacional, en el mismo arco, en el segundo tiempo. A partir de ese momento, todos los fines de semana, con sol y lluvia, voy al Estadio. A ver a Peñarol ya ver a Morena. Siempre a Morena. Y cuando hay Libertadores, también durante la semana. Morena. El potrillo. El crack que, aquella noche en Tarrasa, también miró para atrás en la foto, para no dejar sólo a aquel Mauro de once años. Para no abandonarme. Ni a mí, ni a toda la hinchada de Peñarol. Morena, siempre Morena. Dejo de escribir para ponerme a llorar. Es ridículo. Lo sé. Poco me importa. Morena, siempre Morena.

Continuará.

Publicado originalmente na Revista Extramuros, em maio de 2021. As imagens ilustradas foram reproduzidas da mesma fonte.